Épiphanie éphémère

Fugaz epifanía de una existencia

43. Otras consecuencias: Ateísmo.

Yo no sé si dios existe. Asumo que no. Cualquier argumento que busque para justificar esa postura es, a decir verdad, tan inerme como el que intente justificar lo contrario. En algo tuvo razón Protágoras. Pero para esclarecer, sí, soy ateo. Es mi convicción, como es tu convicción ser católico apostólico romano, budista, musulmán, mormón, ateo, capitalista, etc.; pero precisamente eso: convicción, creencia. Da lo mismo que sea en Dios, Yaveh, Allah, Monstruo volador de espagueti, Ciencias, Nada. Es lo mismo. Creer, o como pretenden los ateos, “no creer”, es esencialmente lo mismo: una convicción.

Entonces -y ahora hablamos entre ateos-, si nuestra fibra más sensible, nuetra zona erógena mental, es precisamente estar convencidos, creer (léase presuntuosamente) en las verdades que nos desvela la ciencia, y eso no es más que una convicción, ¿Por qué nos pensamos tan sabios? Porque, seamos honestos, la ciencia no ayuda en estos asuntos.

La ciencia no responde a la pregunta, ¿existe dios? No. Puedo conocer astronomía, física, genética, biología, filosofía, incluso teología, y no lo sabré, pues se trata de un fenómeno ontológico, no de índole física, corpóreo. La ciencia ha sido capaz de determinar con asombrosa proximidad la edad del Universo conocido, los procesos que rigen la evolución de los seres vivos, 117 elementos químicos, el genoma humano, la composición de las estrellas, la curvatura del espacio-tiempo, y miles de cosas más. Pero eso, en definitiva, ni responde ni aclara la cuestión fundamental del ateísmo y las religiones, creer o no creer. That is the question.

Por cierto, ni la filosofía ni la teología son ciencias en sentido estricto, la inclusión es arbitraria; pero también es arbitraria la afirmación o negación de la existencia de un hipotético dios basados en el hipotético bosón de higgs, en los quarks, en las supernovas tipo 1A y las consecuentes explosiones de rayos gamma. Al ritmo actual, pronto habrá quien afirme que el gen que provoca la fealdad de las personas es la prueba irrefutable de la inexistencia de dios. Otros dirán lo contrario, que prueba su existencia. Es ya una locura, un circo. Y el espectáculo se sale de control.

Ayer encontré un artículo titulado “La inquisición social”, en el que se expone en síntesis que, o la sociedad o la religión -no queda claro en el artículo-, ha ideado una especie de inquisición social mediante la cual aíslan a todos aquellos que no compartan, o incluso cuestionen, las doctrinas y posturas, o religiosas en general o cristianas solamente -tampoco queda claro-. Antes de cuestionar el artículo, libertad que ya me tomé en un comentario de la entrada, elevo con ciertas reservas mis congratulaciones a su autor por adoptar la decisión de expresar abiertamente sus creencias, algo plausible tanto en ateos como religiosos. Claro, sin fundamentalismos.

Pero ciertamente tengo mis reservas. Como ateo que soy, no me siento identificado con los planteamientos esbozados en el referido artículo, sean personales de su autor, sean de la asociación que preside: Ateodom. Y aclaro, mis planteamientos no son más que intentos de realizar una dialéctica del pensamiento ateo, depurarlo, someterlo a un proceso profiláctico a fin de propiciar su evolución y consolidación. No tiene intención de ofender ni atacar personalmente a su autor, pues de hacerlo, yo me estaría descalificando para emitir opiniones de ésta y de cualquier otra índole. Empecemos.

El artículo La inquisición social desarrolla sus planteamientos desde una óptica maniquea, adoptada mayormente por los religiosos, grupo del cual discierne el autor. Es decir, el autor habla bajo el supuesto, acaso apresurado, de que los religiosos son los causantes de todos los males sobre la faz de la tierra, incluso adopta, como ateo, la condición de víctima de  la maquinaria opresora de las religiones (léase presuntuosamente, por favor), sintiéndose con el deber, receptor del llamado de lograr las reivindicaciones necesarias para suprimir, a través de la “difusión del conocimiento“, las influencias religiosas de la sociedad.

Así, pues, el planteamiento central del artículo es, a grandes rasgos, este: “nosotros, ateos, los buenos de este mundo, tenemos el llamado de enfrentar a los religiosos, los malos, y reivindicarnos y reivindicar a la sociedad ante la exclusión social del santo oficio; difundamos el conocimiento, suprimamos la ignorancia“. El argumento es peligroso, y peor aún, es el mismo argumento que muchos religiosos han esbozado desde los tiempos de Zoroastro. O mejor dicho, es el argumento insigne de la religión.

Por lo demás, tal visión peca de simplificar las cosas y perpetuar, aun en el pensamiento ateo, la dicotomía entre el bien y el mal que postulan las religiones; dicotomía esta que no explica cabalmente el desarrollo histórico de la humanidad y los procesos de organización social (segregación incluida), que, por su parte sí lo hace una concepción materialista de la historia -disculpen la referencia marxista-, en la cual, si bien las religiones forman parte de la superestructura social, no son el factor determinante de los procesos históricos-sociales que implicarían una “inquisición social”. Por más desactualizado que parezca, de eso se encarga el capital.

No obstante, en ese orden de ideas, es necesario deslindar los ámbitos de aplicación de las armas utilizadas por los bandos de tal dicotomía: La religión y las Ciencias.

La religión, según el Diccionario de la Real Academía de la lengua Española, consiste en un “conjunto de creencias o dogmas acerca de la divinidad, de sentimientos de veneración y temor hacia ella, de normas morales para la conducta individual y social y de prácticas rituales, principalmente la oración y el sacrificio para darle culto”. En términos algo más simples, la religión pretende establecer un sentido a la vida de sus feligreses, dictando las normas morales que deben seguirse para la obtención del premio final: salvación eterna, iluminación, etc. Para hacerlo, incluso prentenderá explicar fenómenos físicos, una cosmología particular que la fundamente o justifique. Pero, ojo, no es eso último su función esencial en nuestros días. En nuestros días es eso un trabajo que dejamos a científicos, y en sentido más estricto, a la ciencias. Así, cada día veremos más creyentes aferrados a explicaciones científicas de la realidad, por ejemplo, los seguidores del diseño inteligente o George Lamaitre, astrónomo y sacerdote belga que ideó por vez primera la teoría del Big-Bang. Curioso ¿no?.

De ese modo queda establecido que la religión busca respuesta a problemas ontológicos, no cognitivos  o epistemológicos. Ahí tenemos al otro bando, las ciencias, bastión del ateísmo. Las ciencias, según la RAE, son un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales”, a lo cual adicionamos, principios y leyes generales referentes al mundo físico, corpóreos. Por definición y conceptualmente, ninguna ciencia tiene por finalidad dar sentido a la vida de sus “creyentes”, lo cual sí pretendemos muchos ateos. Decimos, “la ciencias, único conocimiento fiable, son las únicas capaces de explicarnos qué somos, cómo mejorarnos como especie y dominar el universo, wuajaja” -disculpa la risa-… pero eso no tiene nada que ver con ciencia. Incluso, trasciende el campo de la especulación filosófica (rama del conocimientos que sí se encargaría de buscar un sentido a todo), y se convierte en especulación satírica de las mismas ciencias, cuando no, en otro tipo más sofisticado de experiencia religiosa. Leánse a Richard Dawkins y entenderán qué digo. ¿Recuerdan, párrafos antes, el bosón de higgs, el gen de la fealdad y dios? A eso hemos llegados, nosotros ateos, shame on us.

En realidad tenemos más fe en los científicos, que en las ciencias mismas, muchas de las cuales no conocemos o no entendemos. Si no, ¿Quién de ustedes, simples mortales, me explica la teoría inflacionaria del Universo, en la cual por momentos fue posible la violación de la principal constante de la teoría de la relatividad, la velocidad de la luz? ¿Y quién la teoría de la relatividad, general o especial según su preferencia? Y sí, necesitamos entenderlas, pues la mayoría de los supuestos bajo los cuales argumentamos, es decir, las bases de nuestras creencias científicas, se fundamentan en esos dos puntos: teoría inflacionaria del Universo y la relativdad de Einstein.

Entonces, preguntémonos, ¿cuándo los ateos dimos el salto de intentar fundamentar nuestras convicciones, anteriormente dejadas a la especulación filosófica, en el trabajo de los hombres de ciencia? ¿Cuándo nuestra excesiva confianza en la razón nos convirtió en irracionales? ¿Cuándo decidimos responderle a Hawkins que las ciencias nos explicarían porqué el Universo se toma la molestia de existir? Es ese mí tercer punto.

En algún momento de la historia, menos portentoso de lo que quisiéramos, los ateos dejaron de ser entes sociales aislados y enarbolaron la bandera del orgullo ateo, algo así como hicieron los homosexuales con el arcoiris -no es una referencia excluyente, por favor, sin malinterpretaciones-. En algún momento reciente del pasado, los ateos entendieron que era posible una unión sobre la base, el punto común de sus creencias o no-creencias religiosas. Pero para lograr una verdadera unión no era posible seguir enarbolando a la filosofía como bandera del orgullo ateo, no; para eso necesitábamos un tipo de conocimiento fáctico, que no admitiera refutaciones para su validez, salvo en lo que permita su falsabilidad. ¿Qué utilizamos? Sí. Las ciencias. Pero permitámonos la refutación.

La ciencia, como decía anteriormente, se limita a la explicación de fenómenos de índole física o formal, nunca ontológicos. Así, la orientación ontológica que los ateos pretendemos darle a las ciencias implica la negación de los propósitos de las mismas, y por ende, determina su carencia de validez para los fines que las utilizamos. Pero nadie o pocos quieren ver esa paja en nuestro ojo. Queremos que las ciencias, nuestra bandera de orgullo ateo, sean infalibles, y nuestros científicos, los sumos pontífices de nuestras creencias. Es decir, aún cuando no deberíamos fundamentarnos exclusivamente en ello, insistimos tercamente. Parecemos colegiales intentando seducir a nuestra compañera flaca y trigueña de clases. Y el símil es acertado, esa compañera tierna e ingenua a la que queremos seducir es la sociedad. O si no, ¿Qué otra razón propicia la formación de una comunidad atea, sino la misma razón que propicia la formación de los demás grupos sociales, sean capitalistas, comunistas, homosexuales, feministas, neonazis, etc.? Vayamos a dónde el viejo Freud. No, esa razón no es el impulso sexual, Freud también nos dijo que igual función cumplen las ansias de poder. Esa es la paja en el ojo.

Ahora los ateos, por tal condición, queremos poder, influencia social. Otros incluso lo necesitan. Por eso muchos somos capaces de tergiversar el contenido y alcance del conocimiento científico para justificar nuestras posturas, nuestros argumentos; y de no producirse un cambio de orientación, las consecuencias serán nefastas.

La convergencia de ateos, debido al único punto común de sus creencias o no-creencias religiosas, y una consecuente influencia social del grupo, implica necesariamente una pérdida de la individualidad, usual característica de las religiones -y curiosamente, uno de los puntos que los ateos suelen imputar a éstas-. Así, pues, se perderán los diversos matices que permiten que cada ateo lo sea: fe en las ciencias, resentimiento religioso, escepticismo, solipsismo, moda, tendencia intelectual, e incluyendo, porqué no, a los ateos auténticos. En esas condiciones, las actuales, la existencia de una Asociación de Ateos, además de ser particularmente ridícula y malintencionada, o cuando menos de mal gusto, fomenta la semilla de su propia destrucción: falta de unidad y coordinación.

En ese orden de ideas, hay que resaltar que no es lo mismo el ateo, que por profundos estudios y reflexiones, hace suya la postura de la inexistencia de dios, que el ateo debido al escepticismo por tantas guerras y males; que el ateo que no creyó más en dios porque perdió a sus padres en un accidente; que el ateo porque en su entorno, en un grupo social determinado, debe serlo para seguir perteneciendo al mismo. De esos matices hablo, y de esa mala intención.

De a poco, los mismos ateos que hemos criticado y condenado una supuesta exclusión social, nos venimos convirtiendo en los verdugos que tanto desdeñamos. Un ejemplo de esto: En los círculos científicos e intelectuales, es mejor visto la proclamación del ateísmo como postura personal, que la religiosidad. Sí, no es un invento. El científico o el intelectual que osa reconocer públicamente sus creencias religiosas en un dios, es excluido por sus congéneres ateos, de la misma manera que los ateos son excluidos en los círculos no científicos. Y sorpresa, en esos círculos quien reconoce su ateísmo es aplaudido por ello. Es decir, fundamentalismo a pequeña escala. ¿No es, acaso, una incoherencia? ¿No es -permítanme el símil- la doble moral que criticamos? Aceptémoslo, es igual o peor que esconder un pedófilo o a un criminal, que también los hay ateos. Y seamos honestos, quien es pedófilo, asesino, violento, no lo es por su creencia o no-creencia religiosa. Decir eso es simplista y perverso.

Ahora, proyectemos esa actitud, ese fundamentalismo a pequeña escala, en un futuro, en el cual los ateos finalmente obtengan una mayor cuota de influencia social, pero sin variar sus fundamentos actuales. En esa hipotética realidad, no serán de pequeños grupos intelectuales de los cuales excluiremos a religiosos y desertores, no; estos serán excluidos del seno de la sociedad misma, se convertirán en inadaptados sociales y terminaremos abandonando a nuestras esposas y maridos por el pueril hecho de creer en dios. En español, emprenderán los ateos el santo oficio de la inquisición. Grave error, de nada habrá servido nuestra causa.

Por esas razones el ateo, como grupo minoritario -si lo es-, debe ser más cauto y crítico a la hora de encender los altavoces y proclamar al mundo la muerte de dios, porque a la postre viene utilizando las mismas armas que en su momento utilizaron las religiones.El ateo no debe perseguir la suplantación del religioso en el ámbito social, ni siquiera su erradicación. No busquemos chivos expiatorios ni teorías conspiracionistas del Vaticano. Seamos responsables.

Dejemos los juicios y hogueras en la edad media; aprendamos a criticar nuestras bases, en especial el conocimiento científico; aprendamos a cuestionarnos a nosotros mismos, a nuestras intenciones y nuestro actuar; sólo así no tendremos que poner la coletilla de “Advertencia: contenido ateo” a nuestros escritos y opiniones. Seamos coherentes a nuestras posturas, seamos honestos con nosotros mismos. Aún así, es poco probable que encontremos el sentido de nuestras vidas, la razón de ser la humanidad, pero habrá valido la pena intentarlo.

Y si es cierto que el conocimiento debe primar, que la difusión del conocimiento erradicará las influencias religiosas de la sociedad -como pretende el autor de “La Inquisición social“, hagámoslo, pero responsablemente y antes de que ser ateo, que nunca lo ha sido, se convierta en una vergüenza. Rectifiquemos a tiempo nuestro rumbo. Todo lo que pueda suceder, sucederá, así como ha sucedido lo que pudo suceder.

JdDios.

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2 Responses

  1. diego dice:

    Cada uno es libre de defender lo que piensa, pero informemonos sobre el tema.

    que estes muy bien, un abrazo.

    Au revoir & Adio.

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